El círculo de relación

La relación entre Tita, la protagonista, y Mamá Elena, la antagonista, en Como agua para chocolate por Laura Esquivel, es el conflicto más grande de la novela.  La razón por este es que Mamá Elena no quiere que Tita se case con el hombre con quien está enamorada, porque quiere que Tita se quede con ella para cuidarse hasta que se muera.  Después de esta revelación, su relación tiene muchos problemas, pero no antes del conflicto.  Por eso, la relación entre las dos evoluciona en un círculo: empieza en paz y termina en paz, pero lo que ocurre en la mitad no es tranquilo.

            Al principio de la novela, es evidente que la relación entre Mamá Elena y Tita no es muy fuerte, pero también no es malísimo.  El tiempo durante que Tita nazca no fue un tiempo muy próspero, y Mamá Elena no podía lactar a Tita.  Por eso, “Nacha, que se las sabía de todas todas respecto a la cocina—y a muchas otras cosas que ahora no vienen al caso—se ofreció a hacerse cargo de la alimentación de Tita” (4).  Por este, la relación que Tita tiene con Nacha es como la que muchas niñas tienen con su madre biológica: pasa la mayoría de su tiempo con ella y aprende la mayoría de lo que sabe de ella.  El resultado es que Mamá Elena es una figura a que Tita respeta por su trabajo, pero también que asusta a Tita.  Mamá Elena fuerza que Tita trabaje mucho, ambos en la cocina con Nacha y en otras tareas como preparar el chorizo con ella, Rosaura, Gertrudis y Chencha.  Por supuesto, en este tiempo, Tita no se resiente sobre este.  De hecho, dice cuando está pelando los nueces para la boda de Esperanza y Alex, que “la única persona que conoció que podía hacerlo sin mostrar signos de cansancio en ningún momento fue Mamá Elena” (230).  El respeto que Tita tiene para Mamá Elena más o menos sopesa su miedo de ella antes de la situación con Pedro.

Después de que hable con Mamá Elena y se da cuenta de que no podrá casarse con Pedro, Tita no respeta a Mamá Elena tanto como antes.  Su odio para Mamá Elena empeora con la realización del hecho que ella oprime a los derechos de Tita como individual.  Este está resumido con las palabras finales que Tita dice al fantasma de Mamá Elena.  “–¡Me creo lo que soy!  Una persona que tiene todo el derecho a vivir la vida como mejor le plazca.  Déjeme de una vez por todas, ¡ya no la soporto!  Es más, ¡la odio, siempre la odié!” (200).  Tita piensa que la opresión de Mamá Elena, aún como una fantasma, no deja que ella sea la persona que quiere.  Ese es la razón porque odie a Mamá Elena.  Sin embargo, no solo es la relación con respeto al derecho de ser la persona que quiere, que empeora en la mitad de la novela.  También, su relación con respeto a lo que Mamá Elena fuerza que Tita haga empeora.  El catalizador para este es la partida de Tita del rancho a la casa de John Brown.  Al estar liberado de la opresión directa de Mamá Elena, se da cuenta del hecho que “al lado de su madre, lo que sus manos tenían que hacer estaba fríamente determinado, no había dudas…  Nunca había tenido tiempo de detenerse a pensar en… cosas” (109).  Con la realización de que Mamá Elena está oprimiendo a su personalidad, Tita también se da cuenta de que ella está oprimiendo al resto de su desarrollo como persona por forzarla hacer varias cosas.  Por eso, su odio para Mamá Elena crece a un ritmo acelerando, que finalmente conduce a la realización que “no quería vivir cerca de Mamá Elena nunca más” (119).

Por supuesto, lo que conduce al final de la relación entre Mamá Elena y Tita no es tranquilo, pero el final de la relación sí es.  “Tita pronunció las palabras mágicas para hacer desparecer a Mamá Elena para siempre.  La imponente imagen de su madre empezó a empequeñecer hasta convertirse en una diminuta luz.  Conforme el fantasma se desvanecía, el alivio crecía dentro del cuerpo de Tita” (200).  Por supuesto, este trae paz a Tita, pero también trae paz a Mamá Elena.  La supervivencia de su alma como fantasma es una forma de sufrimiento, y el conocimiento de lo que pasa entre las personas en su rancho causa que “¡se [vuelva] a morir cien veces!” (160).  Desvanecerse deja que siga al cielo y que no tenga que sufrir nada más.  Además, este deja que Tita redescubra su relación con la persona que realmente es su madre, Nacha.  Ella vuelva como repuesto positivo de Mamá Elena, y pone los cirios en la habitación de Tita y Pedro, animando su relación.  Lo más importante es que es un repuesto.  Mamá Elena estaba intentando a ser la madre de Tita, y a ella no le gustaba eso.  Cuando se desvanece por siempre, sigue su papel original, no como madre, pero como familia distante, y Nacha sigue su papel original como madre.  Con este, el círculo se completa.

La relación entre Mamá Elena y Tita desarrolla en un círculo. En el periodo de conflicto en la mitad de la novela, Mamá Elena intenta a representar la madre de Tita, pero al principio y al final, los periodos con paz, representa menos de su madre, y Nacha realmente interpreta ese papel.  La evolución de esta relación en la mayoría de la novela es una dirección mal: empeora.  Sin embargo, este empeoramiento no es linear.  Crece en amplitud, y llega a estar conformado por el odio de Tita por todo el rancho y toda la familia, no solo Mamá Elena.  En muchas formas, este representa la revolución Mexicana que ocurre durante este tiempo.  El propósito de las revoluciones es escapar del presente y los problemas que el presente representa.  Eso es lo que Tita hace, en muchas formas para las mismas metas de las revoluciones.  Es muy interesante ver eso, y es lo que Laura Esquivel quería decir no solo sobre la revolución Mexicana pero también sobre la vida.

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